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¡Mi primera cerveza fue una mierda!

by vinnymoy
Uno de mis primeros fermentadores

Mi gusto por la cerveza ya se había anticipado a mi capacidad de hacerla. Venía después de varios años de empezar a catar con la inquietud constante de cómo sería hacer mi primera cerveza. En ese momento, Facebook, me anuncia que alguien promocionaba cursos de cervecería en la ciudad. Sin dudarlo dos veces, me apunto, no recuerdo si fueron 50 o 60 dólares la inversión inicial que me introduciría en este apasionante mundo birruno.

Parte de mi primera maquinaria cervecera
Mi primera maquinaria cervecera

El día de la fecha

Después de un par semanas de espera y ansiedad llega el día, y a las 10 de la mañana, como rezaba el anuncio, me hallo sentado en una silla de la famosa marca Pycca, que destaca por todo menos por comodidad. Unas 30 personas más componían el público. La verdad, eso me decepcionó un poco, porque por alguna razón quería sentirme único. Un proyector, unas pocas cervezas a los lados, y unos paquetes con malta de cebada completaban el escenario.

Llega el instructor y empieza la jornada. Mi primera decepción fue que aquella capacitación sobre cómo hacer mi primera cerveza tenía una falla garrafal: ¡NO HACÍAMOS CERVEZA! Y aunque el día de hoy me he acostumbrado a verificar y leer las letras pequeñas de los anuncios, en esos días no tenía tal delicadeza. Después de unas 50 diapositivas, 2 horas de charla, 2 cervezas de cata, 2 kits de elaboración de cerveza y sentirme estafado, salí del lugar con la ilusión intacta.

Mi primera cerveza
Mi primera cerveza belgian pale ale

Una de las cosas que nunca podré olvidar es que el expositor aseguraba que la química del agua no importaba para hacer cerveza casera, que solamente los catadores muy expertos podían notar la diferencia entre cervezas con distintas químicas. Y aunque siempre me he preguntado si esa afirmación fue por ignorancia, lo llevo como un recuerdo de una mentira que me creí durante una buena parte de mi vida como homebrewer. También tengo que decir que se dijeron muchas cosas que no son ciertas, y que a lo largo de los años tuve que re-aprender, pero ¿así es la vida, no? Lo bueno de todo esto es que nació en mi la idea de que tenía que seguir buscando información y capacitándome. Me asusta cuando alguien afirma que ya sabe todo, porque para mi han pasado años y sigo aprendiendo cosas nuevas.

Las primeras compras

En aquellos días en mi ciudad no había una tienda de elementos de homebrewers. En Facebook no habían grupos locales ni asociaciones ni mucha información que se pueda conseguir. Eran los primeros días de lo que hoy llamo la “4ta ola cervecera ecuatoriana”.

Sin embargo, me ingenié para conseguir unas pocas ollas, un molino de corona de esos que un tío tenía tirado en su bodega, unas jarras, un termómetro de laboratorio de química, y poco o muy poco más.

La cuenta salió bastante más cara de lo que me hubiera imaginado, pero al final del día tenía en casa todo lo necesario para arrancar y empezar a experimentar.

La primera cerveza decente que elaboré
La primera cerveza decente que elaboré

El día de la elaboración

Con un catálogo en mano. Paso a paso. Repitiendo y releyendo por el temor a cometer un error y que toda la faena que traía el hacer mi primera cerveza, no vaya terminar mal por una falla mía.

¡Qué estrés que me provocó calentar el agua y controlar la temperatura! ¿Sabes el dolor de cabeza que resulta darte cuenta que todos los cálculos están hechos al nivel del mar y Quito está a 2.800 msnm? El agua hierve a 92ºC.

La lucha por macerar correctamente fue titánica, al punto que a la mitad pensé abandonar la tarea. ¿Qué hubiera pasado si me rendía en ese punto? No sé, mi naturaleza no es así. Cuando niño, mi padre decía: “Tonto pero decidido”, con lo cual, empecé algo y tenía que terminarlo, bien, mal, bonito, feo, pero terminarlo.

¡Por fin llegó el momento de enfriar el mosto! Haciendo puñete y arriesgándome a que me salgan dos hernias logré con ayuda de alguien más llevar esa olla a una tina de baño. No sé cuántas bolsas de hielo tiré encima, abrí la ducha (ya, en ese momento no me pareció mala idea), y esperé mientras metía una y otra vez el termómetro en la olla. Cuando hubo alcanzado la temperatura de 50ºC pensé: No creo que pase nada si meto ahora la levadura.

Ya, fue una mala idea. Sé que en este momento, y si has hecho cerveza al menos una vez, estarás riéndote y pensando como alguien puede ser tan pendejo. Lo sé. Lo hice.

Uno de mis primeros fermentadores
Uno de mis primeros fermentadores

¿Cómo fue mi primera cerveza?

Después de una semana de no ver nada en mi tacho plástico transparente cubierto apenas por una funda de basura, me cansé de esperar y pasé a embotellar. 7 g de azúcar por cada litro de cerveza. Un lote de unas 40 botellas. Una semana después a la refrigeradora. Y mientras esperaba, tomando una cerveza artesanal, me sentía el amo del mundo.

Abro la botella. ¡Puaf! El desastre… ¡Vaya mierda de cerveza! Contaminada, parecía un cóctel de vinagre con algún otro ácido que permitía que una capa blanca de nata flote sobre el líquido. Obviamente llegó la decepción y pensé que no servía para esto, que ahí quedaba y ya está. Abrí y tiré entre lamentos cada una de las 40 botellas que tenía en mano, mientras intentaba cada 3 o 4 probar con la esperanza absurda de que solamente era la botella anterior.

Unas semanas después, lo intenté de nuevo, leí y leí, y creí que encontré el error que cometí. ¿Anda, un solo error? Pero todo lo que pasó después te lo contaré en otra nota. Lo único que te adelantaré es que si en ese segundo lote, alguien no me decía: “mmm, no está buena pero sí sabe a cerveza”, quizás hoy otra sería la historia.

Si te gustó este artículo te invito a leer: ¿Cómo fue mi primera vez?.

Una de mis últimas cervezas elaboradas
Una de mis últimas cervezas elaboradas

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